lunes, 9 de julio de 2007

Receta para mejorar un Matrimonio



Cuando nos enamoramos, vemos la vida en Technicolor. Nos decimos todo al oído, nuestras limitaciones se desvanecen . Nos movemos con soltura, tenemos más chispa, somos más generosas. Nos sentimos completas, estamos conectadas.


Pero inevitablemente las cosas comienzan a fallar. Aún aquellos rasgos de personalidad que alguna vez le admiraste ahora te causan aspereza. Viejas heridas resurgen al caer en cuenta finalmente que tu pareja no puede o no quiere amarte y cuidarte tal y como te lo había prometido.


Ya que no nace de él el darte lo que necesitas, tratas de que lo haga a la fuerza, utilizando críticas, encerrándote, llorando, con ataques de ira, lo que sea que funcione. La luchas de poder han comenzado y seguirán así por muchos años hasta que te separes, vivas dentro de una tregua incómoda, o acudas a una terapia en búsqueda de recobrar tu sueño.


Qué es lo que está sucediendo? Lo que sucede es que has encontrado una pareja que lamentablemente en este momento no está calificada para darte todo el amor que necesitas.


Pero esto es lo que supuestamente debe de suceder.
El principio es relativamente simple: Aunque pensamos que escogimos a nuestra pareja con absoluta libertad, la parte primitiva de nuestro cerebro tiene una meta no negociable: encontrarse con alguien que se parezca a quien nos crió, para así resolver asuntos que quedaron pendientes.
No importa cómo fueron nuestros padres o qué tanto se esmeraron en sacarnos adelante, de una o otra forma fallaron en satisfacer alguna de nuestras necesidades esenciales lo que nos dejó una herida emocional.


Al ir creciendo desarrollamos instintivamente un patrón de comportamiento para protegernos, pero al mismo tiempo continuamos acarreando una imagen interna, un tipo de huella con los rasgos de nuestros progenitores. Ese rasgo fue el que nos ayudó a reconocer a nuestras madres en nuestra tierna infancia, tal como lo hace la cría de una zebra mientras su madre gira y gira alrededor de ella apenas ha nacida, para crear la conexión entre madre e hij@ por medio de las franjas blanco y negro.
Entonces de adultos, cuando conocemos a alguien que satisface nuestra huella emocional, nos enamoramos. Esa pareja constituye al padre o a la madre, grabados en nuestra memorias de la niñez.


El anhelo romántico que sentimos es la expectativa de que nuestro nuevo interés amoroso va a satisfacer aquellas necesidades que nuestros padres no pudieron.
Pero aquí surge un problema ya que nuestra pareja, quien también carga con heridas de su infancia, entra en la relación con expectativas similares y patrones opuestos de autoprotección.


En la etapa de seducción, nos atrae alguien cuyo mecanismo de defensa parece ser complementario al nuestro ya que es absolutamente distinto. Pero muy pronto, nuestras diferencias crean un conflicto de raíz. Para complicarlo más, se creería que uno escoge a su pareja con los rasgos positivos de sus padres, pero lamentablemente, son los rasgos negativos los que nos dejaron la mayor huella indeleble.


Inconscientemente, necesitamos que nos cure alguien con las mismas inconsistencias que nos lastiman a nosotros también. Como no sabemos lo que sucede, estamos en shock cuando la espantosa realidad sale a la superficie.


Es también probable que nuestra pareja posea cualidades -buenas y malas- que se perdieron en el aprendizaje social. Por ejemplo, los enojos que reprimías pues eran castigados en tu casa y que inconscientemente detestas sentir, los anexas a tu pareja. Eventualmente, el ver tus propias emociones prohibidas en él te hace sentir tan incómoda que criticas su temperamento volátil.
Todos estos ingredientes parecen ser los adecuados para una receta que lleve directamente al desastre. ¿Cómo podemos resolver asuntos de nuestra infancia si nuestras parejas nos lastiman de la misma manera en que nuestros padres lo hicieron y al mismo tiempo nosotros ejecutamos patrones que a su vez los lastiman a ellos?
Cuando no estás al tanto de lo que la otra persona espera de ti, de las intenciones ocultas detrás del velo del amor romántico, estás al borde del precipicio.


Inevitablemente repetirás escenarios de tu infancia con las mismas consecuencias devastadoras. Pero, cuando comprendes que has escogido a una pareja para sanar algunas heridas, y que esta curación es la llave para dejar atrás ese anhelo, será entonces cuando hayas tomado el primer paso necesario en el camino hacia el verdadero amor.


Es crucial el aceptar la dura verdad: que la incompatibilidad es la norma para entablar una relación. Los conflictos son un signo de que la psique está tratando de sobrevivir, está tratando de curarse aplicando todas sus defensas. Cuando esto no se comprende es cuando el conflicto es realmente destructivo. El romanticismo es aquello que une a dos personas incompatibles para que comiencen a trabajar en todo aquello que hay que hacer para sanar ambos. La buena noticia es que las luchas de poder también llegan a su fin.


Los lazos emocionales creados por el amor romántico evolucionan a convertirse en una poderosa unión a través del proceso de resolución de conflictos. Estando conscientes podemos resolver lo que no nos ha salido bien. Pero una relación consciente de pareja no es para los débiles. Requiere de recuperar las partes perdidas, reprimidas de cada uno de nosotros. Y esto quiere decir aprender mecanismos que sean más efectivos que el llanto, el enojo o el alejamiento. Significa reconectarse a través de la plática honesta entregándose para darle a nuestra pareja aquello que necesita también para sanar.


No es una tarea fácil, pero está más que probado que resulta.


Las relaciones de pareja no nacen del amor sino de la necesidad. El verdadero amor nace dentro de una relación. Lo más seguro es que ya te encuentras con la persona de tus sueños pero tal vez en este momento puede ser que se encuentre oculto y como tú, herido. Una relación consciente y honesta podrá restaurar tu motivación de vida, tu plenitud y colocarte en la ruta hacia el verdadero amor.

Para darle el crédito debido, éste artículo fue tomado de la revista O! en Abril 2003. Desde aquel momento lo guardé pues lo consideré piedra angular en la búsqueda de respuestas durante nuestra vida adulta.






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